miércoles, 4 de agosto de 2010

DE AQUÍ DE ALLÁ

Por: Alejandra Ortega Rodríguez
  • ¿FUNCIONARON LAS ALIANZAS ELECTORALES?

En términos reales, las alianzas electorales entre el PAN y el PRD en distintos puntos del país funcionaron, al menos para lo que verdaderamente eran, pues su objetivo real era el de impedir la anunciada victoria arrolladora del PRI y sus gobernadores, encabezados por el mandatario del Estado de México, Enrique Peña Nieto.

Muchos cuestionaron las alianzas entre la derecha, representada por Acción Nacional y encabezada por el moreliano César Nava Vázquez, y la izquierda, encabezada por el sol azteca y presidida por el nativo de Aguascalientes, Jesús Ortega Martínez, quienes en un hecho sin precedentes y aún contra las voces de líderes internos de sus partidos, decidieron coaligarse para reducir en la medida de lo posible ser aplastados electoralmente por el tricolor.

Para nadie es un secreto que lo que estuvo en juego en la jornada electoral del 4 de julio en 14 estados del país, no sólo fue la elección de 12 gobernadores, decenas de diputados locales y cientos de presidentes municipales, sino la reconfiguración del mapa político de cara a las campañas presidenciales de 2012.

El PRI apostaba a ser una aplanadora que dejara sin esperanzas a sus contrincantes políticos y que le planchara el camino para regresar victorioso a la Presidencia de la República que desocupó en el 2000; tenía amplias esperanzas de conservar los nueve estados que ya gobernaba y recuperar los tres que había perdido en elecciones anteriores.

Concentraron los priístas sus esfuerzos en Aguascalientes y Tlaxcala, dos estados gobernados por el PAN, así como en Zacatecas gobernado por el PRD; aprovecharon la inmejorable coyuntura que les brindaron los panistas en Aguascalientes, que con sus conflictos internos por la inconformidad del grupo en el poder con el candidato designado por la dirigencia nacional dejaron abierta la puerta a la oposición.

En Tlaxcala, las anteriores elecciones intermedias habían estado mucho muy reñidas, así que bastó la operación política de Peña Nieto y algunos de sus principales colaboradores, algunos de ellos gobernadores de estados vecinos, para inclinar la balanza a favor del tricolor y obtener un triunfo, aún con un muy cerrado margen.

Por lo que se refiere al caso de Zacatecas, la gobernadora perredista Amalia García Medina hizo un mal gobierno, al estilo del gobierno “que trabaja” en Michoacán, y tomó malas decisiones; su injerencia en la designación de su candidato en Zacatecas y sus pugnas con el ahora senador del PT, Ricardo Monreal Ávila, así como la solidez de la estructura priísta, fueron justamente lo que el PRI necesitaba para apoderarse de ese otro estado.

Hubo otros casos que llamaron la atención, como Durango, donde presuntos miembros de la Confederación Nacional Obrera y Popular (CNOP), organización de inminente filiación priísta, robaron 40 urnas que, a decir de Jesús Ortega, podrían inclinar los resultados a favor de la alianza conformada por el PAN y el PRD.

En Veracuz, el PRI, encabezado por su gobernador Fidel Herrera Beltrán, a quien se acusó constantemente de esperaba una aplastante victoria en contra de la alianza del PAN y PRD; en las semanas previas a la elección se sumaron apoyos a favor del candidato opositor y sus bonos subieron; se especuló sobre la posibilidad de que el candidato de Convergencia, el eterno Dante Delgado Rannauro, declinara también a favor de la campaña encabezada por el blanquiazul, pero no fue así.

Al término de la jornada electoral, eso no ocurrió y favoreció al candidato de la otra alianza, la del PRI y la del PVEM, así como de uno de los mandatarios estatales que se conducen a la vieja usanza priísta, quien semanas antes había sido denunciado en medios de comunicación nacional por presuntamente ordenar el desvío de recursos públicos a las campañas de los abanderados del tricolor, de lo cual existen supuestas grabaciones de conversaciones telefónicas que lo confirman.

La diferencia que tiene hasta el momento el PRI, respecto del PAN y del PRD es de 12 puntos, justo la cantidad de votos que obtuvo el candidato de Convergencia que en el último momento se negó a declinar como en su momento había ofrecido, según los enterados. Con lo habilidoso que es Dante Delgado, no sería de extrañar que desde un principio haya trabajado para los priístas, ¡claro!, a cambio de algo.

En contraparte, el tricolor perdió tres estados que por el número de votantes y por los cacicazgos imperantes desde principios del siglo pasado eran muy importantes para la estrategia de Enrique Peña Nieto rumbo a la Presidencia de la República.

Oaxaca, Puebla y Sinaloa, tres entidades que nunca en la historia había perdido el PRI, ya no serán más gobernadas por los Murat Casab, los Ulises Ruiz, los Mario Marín (“El Gober Precioso”), los Francisco Labastida, los Jesús Aguilar Padilla. Ahí es donde los efectos de las alianzas tan extrañas entre derecha e izquierda se hicieron más patentes y donde ahora César Nava y Jesús Ortega pretenden justificar sus decisiones.

En el caso de Oaxaca, encabezados por el candidato de Convergencia, Gabino Cué, quien durante 10 años ha buscado la gubernatura del estado, los aliancistas lograron derrocar al PRI después de más de ocho décadas, mientras que en Puebla el voto de castigo favoreció al abanderado del PAN y del PRD, Javier Moreno Valle; y, en Sinaloa, se registró un fenómeno similar al de Sonora, donde después de décadas de inmovilidad y de falta de resultados de los gobiernos priístas, la sociedad determinó votar por una opción distinta para gobernar.

En términos cuantitativos simples, todo parecería indicar que las cosas quedaron igual que antes de la elección para el PRI, pues llegó a la jornada electoral con nueve gubernaturas y se quedó con la misma cantidad; conservó seis, ganó tres y perdió otras tres. Sin embargo, al hacer un análisis más profundo y dejando de lago las declaraciones triunfalistas de la dirigente nacional del tricolor, Beatriz Paredes Rangel, y del propio gobernador mexiquense, Peña Nieto, es claro que el priísmo sufrió un ligero retroceso.

Las tres entidades federativas que perdió el PRI, Oaxaca, Puebla y Sinaloa, cuentan con 9.8 millones de votantes potenciales, mientras que las tres que ganó, Tlaxcala, Aguascalientes y Zacatecas, aglutinan a sólo 2.7 millones de votantes. Es decir, que las alianzas entre el PAN, el PRD y alguno que otro partido pequeño, tuvieron un avance colectivo al gobernar a 7.1 millones de votantes más que antes de la jornada electoral, mientras que para el tricolor la misma cifra es negativa, gobernará 7.1 millones de votantes menos.

Incluso César Nava y Jesús Ortega se han aventurado a señalar que hay otros estados, como Durango, por ejemplo, en donde los resultados de la elección se podrían revertir en los tribunales, mientras que el PAN ha señalado que en la mayoría de los estados su porcentaje de votación ha estado cercano al 40 por ciento, lo que indica que a pesar de ser la segunda fuerza política tiene amplias posibilidades de competir en las siguientes elecciones.

El PRI sigue muy fuerte, pero ya no es tan intimidante y avasallador como se veía en los dos años anteriores. Ha alcanzado, dicen algunos analistas, su tope de crecimiento, mientras que otras fuerzas políticas, como el PAN y el PRD ven subir sus bonos, aunque sea ligeramente, de cara a la elección presidencial.

Hay quienes aún cuestionan si las alianzas entre derecha e izquierda funcionaron. Para las dirigencias esa pregunta ya ha sido respondida, al grado que incluso dejan entrever la posibilidad de nuevas alianzas para el próximo año, aunque la más viable, según se ha visto, será la del Estado de México, donde están dispuestos a complicar las cosas a las huestes de Peña Nieto, o de Arturo “La Rata” Montiel, que para el caso son las mismas.

Que nadie se confunda, las alianzas entre PAN y PRD tuvieron como objetivo principal el hacer un bloque en contra del que parecía un incontenible crecimiento del PRI. El objetivo se alcanzó y punto.

Ahora, habrá que ver cómo les va a los gobiernos que serán integrados con mandatarios de una filiación política, funcionarios de diferentes partidos, diputados de distintas fuerzas políticas y que, hasta donde se ve, no tienen planes concretos de gobierno que respondan a las formas de ver la problemática nacional tan diversas que tienen las diferentes ideologías en el país.

En resumen, las alianzas funcionaron para los partidos, pero será necesario ver en los próximos años si funcionaron para los ciudadanos de aquellos estados en los que éstas surtieron efectos. A final de cuentas, la próxima elección está a la vuelta de la esquina y es en la que toda la clase política está pensando, la contienda por la Presidencia de la República.

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